En los salones de Wall Street gana peso la idea de que este país es más resistente de lo que podía parecer hace sólo una semanas. Nadie descarta ya que, pese a los augurios, la economía siga creciendo, aunque a un ritmo lento.
De repente, el optimismo se está adueñando de la bolsa, volátil desde que el verano pasado estalló la burbuja inmobiliaria. Y los grandes bancos, que han sufrido pérdidas millonarias debido a los arriesgados negocios hipotecarios y no dejan de anunciar reducciones de plantilla, creen que lo peor ya ha pasado.
“La foto de la economía estadounidense cambia muy rápido. Hace unas semanas era grave. Ahora lo es menos”, dijo días atrás David Resler, economista jefe del grupo japonés Nomura Securities, durante un seminario de dos días en Wall Street organizado por la Sifma, el lobby de la industria bursátil y financiera.
Resler, considerado uno de los economistas más acertados en sus predicciones, cree que “en el 2008 no habrá ningún trimestre de contracción, y si no lo hay en el año 2008, tampoco lo habrá en el 2009″. Es más, en el primer trimestre de este año, según su pronóstico, la economía habrá crecido un 1,2%, el doble de la estimación proporcionada a finales de abril por el Gobierno.
Si se define la recesión como dos trimestres seguidos de contracción, entonces el pronóstico, con el que coincide un número creciente de economistas, implica que Estados Unidos conseguirá salvar el bache actual sin llegar a entrar en recesión.
Gurús como Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, o el financiero George Soros, que hace unas semanas se dedicaban a asustar a la opinión pública con comparaciones extremas, han suavizado el tono.
Greenspan escribió en el pasado abril que Estados Unidos pasa por la crisis “más dolorosa” desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora dice que “de momento nos encontramos en una recesión extremadamente pálida”. Y Soros, que comparaba la crisis actual con la gran depresión, ha admitido que quizá esté equivocado.
El viernes, en un discurso en Washington, el secretario del Tesoro, Henry M. Paulson, se declaró prudentemente optimista con respecto a la recuperación de los mercados financieros y al crecimiento económico.
Es cierto que la de los dos trimestres de contracción no es la única definición posible de recesión (véase el recuadro). Y es cierto también que el país puede tardar en salir del marasmo en el que se encuentra como consecuencia de la crisis hipotecaria, que ha golpeado a centenares de miles de propietarios y a los bancos que hicieron negocio con las llamadas hipotecas basura, concedidas a clientes poco solventes.
El panorama todavía no invita a “descorchar el champán”, en palabras del economista Nigel Gault, de Global Insight. La subida de los precios del combustible y los alimentos, la restricción en la concesión de créditos, el derrumbe de la confianza de los consumidores y, sobre todo, la recesión en el sector inmobiliario invitan a la prudencia.
Christopher Leavy, inversor estrella de Oppenheimer Funds, subrayó en el citado seminario que “la clave es la vivienda”. En el lenguaje a veces crudo de Wall Street, explicó que “mucha gente que no tenía por qué comprar una casa compró”, en alusión a las personas con ingresos escasos – en gran parte afroamericanos y latinos- que se endeudaron por encima de sus posibilidades.
Hay, tras el estallido de la burbuja, un millón y medio de viviendas sobrantes en Estados Unidos, que no encuentran comprador, según Leavy, quien prevé que harán falta “más o menos seis años” para resolver el problema que supone este excedente.
“En el segundo semestre la economía se recuperará. Después, las dificultades se localizarán sobre todo en la vivienda”, vaticina George Nunn, director responsable de tipos de interés y tipos de cambio en BNP Paribas. Dunn cree que la economía estadounidense está en recesión “desde octubre o noviembre”.
Quienes ven poco probable una recesión insisten en que ahora no se dan las condiciones comunes en recesiones anteriores, como un aumento brutal del desempleo y una caída en picado del consumo. Sí, las empresas estadounidenses eliminaron en los tres primeros meses de año 240.000 empleos. Pero en abril la reducción fue sólo de 20.000, por debajo de los niveles habituales en tiempos de recesión. Y sí, el índice que mide la confianza de los consumidores cayó al nivel más bajo desde 1980, el momento de malestar y pesimismo que precedió a la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca. Pero, sorprendentemente, en abril las ventas al por menor, si se descuentan las ventas de coches, aumentaron.
A esto hay que sumar los regalos fiscales acordados por el presidente George W. Bush y el Congreso demócrata en febrero. A finales de abril los contribuyentes empezaron a recibir cheques por valor de 600 dólares. “Aunque sólo se gaste una tercera parte, el efecto en el producto interior bruto será inmediato”, anticipó el economista Resler.
Los recortes sucesivos de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal o Fed, el banco central de Estados Unidos, han ayudado. En verano eran del 5,25%. Ahora son del 2%. “Ya han terminado de bajar”, dijo Resler.
“Cuando la Fed deja de bajar, es señal de que la economía vuelve a encarrilarse”, afirmó en otro momento del seminario Prasanth Rao-Kathi, responsable de mercados de capitales en Merrill Lynch. “Pese a los malos augurios, el 70% de empresas ha superado los resultados esperados”.
Haya o no recesión, son pocos los que hoy por hoy suscriben los escenarios más catastrofistas, y las comparaciones con 1929 han desaparecido de los comentarios en la prensa. Lo que se dirime es, también, el balance económico de Bush, que el próximo enero abandonará la Casa Blanca.
El debate puede resumirse en una sopa de letras. Como ha explicado el economista Ed Yardeni, la recesión podría tener forma de V. En lenguaje de análisis técnico, una caída aguda seguida de una recuperación súbita. O forma de U. O, lo que sería peor, forma de L. O tal vez sea un ovni: “Nunca estaremos seguros de si la vimos – escribe Yardeni en su nota diaria de análisis-, o si sólo la imaginamos”.
de La Vanguardia.
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